jueves, 23 de junio de 2011

Rasputín y los Romanov 6º Parte












Anna Vyrubov, Rasputín y otra dama, posiblemente Olga Lojtin





Destierros:



Comentaré los destierros que hubo después de la conversación de la Emperatriz María con Kokovtsov. Primero contaré lo que sucedió con Rasputín y después diferentes versiones de lo que ocurrió con sus antiguos "amigos" que le ayudaron a acercarse a la familia imperial en sus inicios (hablamos de Hermógenes e Iliodor).

Al día siguiente, por la mañana, Rasputín recibió una llamada telefónica en la que se le solicitaba que fuese al despacho de Stolpyn (aquel que había ayudado antaño). Por el tono de voz del secretario, era obvio que no se trataba de una invitación amistosa.

Rasputín fue al edificio de gobierno. El mismo secretario que conoció cinco años antes le hizo entrar en el despacho del primer ministro. Stolpyn con un tono oficial y cortante, dijo:

- No le pediré que se siente. No tardaré ni un minuto. Tengo aquí... -dio un golpecito a un papel que se encontraba sobre su escritorio-, un informe de Lukianov, procurador del Santo Sínodo, que prueba, más allá de cualquier duda, que es usted miembro de los khlysty.

- Eso no es cierto, -contestó quedamente Rasputín.

- ¿Niega usted, pues, haber tenido contacto con los khlysty?

- Claro que no. Durante mis viajes, he tenido contacto con la mayoría de las sectas rusas. Pero no soy miembro de ellas.

A Stolpyn, los ojos de Rasputín no le gustaron, se sentía más bien incomodo. Recordó los relatos que había oído sobre el poder hipnótico de Rasputín, olvidando que él mismo los había iniciado, y decidió poner fin a la entrevista.

- Las pruebas que tengo aquí me permitirían procesarlo por pertenecer a una secta prohibida. Pero prefiero evitar el escándalo. Espero que se haya usted marchado de San Petersburgo mañana y que se mantenga alejado al menos seis meses. Si regresa antes, lo haré arrestar, - dijo con voz fría, jugueteando con un sello de goma para evitar la mirada de Rasputín-.

- Ahora, lárguese. Y no se moleste en ir a lloriquearle al emperador. Ya tiene conocimiento de esto.



Esto no era cierto, la familia imperial, con excepción de la madre de Nicolás, no sabían de la orden de destierro. Rasputín se enteró con detalles de la conversación mantenida por la Emperatriz María y el Primer Ministro y pensó que Kokovtsov fue el responsable y se lo comunicó por carta a la Zarina, aunque lo cierto es que fue Stolpyn el que tramó y comunicó el destierro, harto de las influencias de Rasputín en los zares y los espeluznantes rumores que circulaban acerca de las Grandes Duquesas.


Rasputín se encontraba desconcertado. Su mujer le había escrito desde Pokrovskoé, hablándole de unos misteriosos inquisidores que habían preguntado sobre las creencias religiosas de su esposo.
También se lo había mencionado su antiguo discípulo, el monje Bernabé que, gracias a la influencia de Rasputín, era el nuevo obispo de Tobolsk. Y su padre, que había venido a verle en San Petersburgo, le habló de unos comentarios hostiles que hizo su antiguo enemigo, el padre Piotr, en el curso de un sermón, en el que mencionó los falsos profetas cuya caída sería tan espectacular como su ascenso.


Si realmente Nicolás se había vuelto contra él, no tenía a quién solicitar su regreso. Pero esto no le preocupaba en demasía. Con el paso de los años, su respeto por el monarca había ido disminuyendo constantemente y, una vez, le dijo a Simanovich que el zar era "un hombre vacío", Anna Vyrubov le había comentado que aunque normalmente el Zar era pacífico, podía transformarse en un monstruo cruel.

Además, Rasputín decía que estaba harto de San Petersburgo. Hacía tiempo ya que anhelaba la vida al aire libre, en los caminos, las veladas tranquilas en las habitaciones de invitados en monasterios o en las cocinas de los campesinos como en sus inicios (o eso contó a su hija María).


Así que, ahora que había llegado el momento, Rasputín se sentía alegre y aliviado. Escribió una carta a la zarina, explicándole lo ocurrido. Hizo arreglos para que María y Varvara se quedaran en Kíev, en casa de los Katkoff. Después, con unos pocos enseres personales guardados en un costal, emprendió un peregrinaje a Tierra Santa. La zarina estaba deshecha en lágrimas. Nunca se había tambaleado su confianza en Rasputín.

Vio en este destierro un ataque a su persona, un intento por minar su seguridad. ¿Qué ocurriría si el zarévich se caía y se hería mientras Rasputín se hallaba fuera? Escribió a Rasputín una larga y desolada carta, que éste recibió al llegar a Kíev. Contestó inmediatamente, diciéndole que no se preocupara, que estaba seguro de que el chico seguiría sano. Prometió también escribirle desde todos los monasterios que encontrara en el camino. Mantuvo su promesa. Unas semanas más tarde, la zarina recibió una carta de Estambul:

"¿Cómo narrarle la gran calma? Tan pronto como salí de Odessa en el mar Negro, hubo calma en el mar y mi alma se fundió con el mar y durmió tranquila.
Como el mar apacible, así el poder ilimitado del alma..."

Rasputín le comunicó que recuperado su paz interior y sus palabras, garabateadas en pedazos de papel con su letra de analfabeto, dieron a la zarina una confianza serena y total. Cuatro meses más tarde, cuando Rasputín regresó de Tierra Santa a Pokrovskoé, la propia zarina reconoció que tal vez no fuese acertado que regresara a San Petersburgo. Pero le escribía casi a diario, cartas largas e íntimas que contenían frases como:

"Beso sus benditas manos" y "Le amaré para siempre".

Un policía que logró leer una de las cartas informó que todo parecía indicar que Rasputín era el amante de la zarina.

El resultado fue que cuando Nicolás se enteró del destierro de Rasputín por la carta de éste a la Zarina, despidió a Kokovtsov pensado que éste era el responsable. Muchos dicen que fue una venganza de Rasputín por la conversación que tuvieron María y el Primer Ministro.

A partir de esto si la influencia anterior era grande, dando cargos religiosos a los amigos más cercanos, Rasputín podía proporcionar ahora cargos públicos a sus familiares, amigos y seguidores, lo que alarmó a muchos.













El monasterio de Cronstadt contra Rasputín:





Los monjes que antaño habían confiado y admirado a Rasputín, ahora le odiaban y le veían como una amenaza, llegó un punto en el que hartos, le mandaron una citación, Rasputín acudió.

En el momento en que entró en la estancia, Rasputín se dio cuenta de que lo iban a juzgar. Hermógenes estaba sentado detrás de una gran mesa de caoba. Iliodor, cerca de la ventana. Estaban también presentes Mitia Koliabin, el "profeta idiota" que fue una vez el asesor preferido de la zarina, y dos fornidos cosacos para mantener el orden en caso de "altercados". El obispo, un hombre corpulento cuyo peso había aumentado considerablemente desde que Rasputín lo vio por primera vez, se levantó y miró al campesino de frente.

- Grígori Efimovich, te he pedido que vinieras aquí para responder a unas graves acusaciones.

Leyó entonces un documento muy similar al que Lukianov había entregado a Stolpyn (éste pocos días después desterraría a Rasputín como comenté más arriba). En él se acusaba a Rasputín de ser miembro de los khlysty, de "corromper y contaminar" a varias mujeres, incluyendo a Elena Katkoff, Sofía Dobrovolski y Olga Lojtin. Rasputín escuchó en silencio como si no estuvieran hablando de él.
Las acusaciones le parecieron absurdas. Al terminar, Hermógenes le preguntó:

- ¿Es cierto todo esto?

Rasputín contestó contundente.

- Algo de ello, sí... tal vez una cuarta parte. La mayoría consiste en exageraciones y mentiras.

Hermógenes se puso rojo de ira y tuvo dificultades para hablar.

-Aunque sólo una cuarta parte sea cierta... es usted una deshonra y una desilusión.

Grigori se enfadó.

- Discúlpeme, eminencia, pero podría ser un error escuchar las mentiras de gente que es demasiado cobarde para enfrentarse directamente conmigo.

Iliodor gritó, furioso:

-Me estoy enfrentando a ti.

- En ese caso, tal vez podrías decirme por qué te has molestado en inventar todas estas tonterías. -¡Acabas de reconocer que no son tonterías! - Rasputín estaba indignado.


Hasta entonces, se había defendido con competencia. Ahora, deseaba decirle a Hermógenes que Iliodor era un mojigato y un fanático, que supuestamente había agredido a Olga Lojtin (también escrito) Loktin tiempo atrás porque está se le había declarado y que sus acusaciones se basaban en la envidia (por todas las seguidoras, fama e influencias que poseía); pero le faltaba habilidad para expresar todo aquello en palabras.

La entrevista se convirtió en una competición de gritos.

Hermógenes vociferó:

- ¡Callaos! 

Rasputín le gritó a su vez:

- Merezco que se me escuche.

Al oír eso, Mitia Koliabin se abalanzó sobre él y lo golpeó con los muñones de sus brazos. Los dos cosacos se lo quitaron de encima.

Hermógenes dejó su lugar detrás de la mesa y rugió:


- ¡Por el poder que me ha conferido la Santa Iglesia, te declaro excomulgado!

Rasputín le contestó a plena voz:

- ¡Cállate, viejo imbécil! Guarda tus estúpidas maldiciones para ti.

Mitia Koliabin se liberó y atacó a Rasputín a puntapiés, gorjeando incomprensiblemente. Rugiendo iracundo, Rasputín le golpeó con ambas manos. Koliabin cayó de espaldas, sobre el obispo que, a su vez, cayó sobre la mesa. Iliodor, al sospechar que sería el siguiente, se escondió detrás de las cortinas. Los dos cosacos intentaron agarrar a Rasputín que, creyendo que todos en la sala estaban a punto de atacarlo, cogió un pesado crucifijo en un rincón y lo blandió por encima de la cabeza como su fuera una espada. Todos respiraban pesadamente. Entonces, al ver que nadie intentaba atacarlo Rasputín gritó:

- Si me amenazáis, yo os amenazaré.

No era una despedida muy impresionante, pero funcionó y lo cierto es que ninguno de los asistentes tenía idea de lo que se les venía encima. 

Abrió la puerta de golpe y sintió un sombrío regocijo cuando el padre Sergio cayó desplomado dentro de la habitación.

A la hora del té, esa tarde, Rasputín llegó al palacio de Invierno.

- ¡Dios mío, Grigori! ¿Has estado en una pelea?- exclamó Alejandra.

Un ojo de Rasputín se estaba hinchando y había desaparecido un mechón de su barba.
La zarina se levantó de un salto y gritó:

- ¿Qué ha ocurrido?

Tranquila y sosegadamente, pues había tenido tiempo de pensar con claridad, Rasputín les contó lo sucedido. El asunto de Olga Lojtin era un punto de partida perfecto y, al relatarlo, vio que ellos lo malinterpretaban, que creían que Iliodor había atacado sexualmente a la señora Lojtin (cuando prácticamente fue al contrario y recordemos como trató Rasputín a madre de familia en sus inicios).

La zarina no dejaba de interrumpirle y luego se deshizo en lágrimas. Cuando hubo terminado, el zar señaló:

- Mmmm. Bueno, hasta donde puedo ver, este Iliodor parece ser la causa del problema...

La zarina lo interrumpió.

-¡Trató de atacar a esta mujer y luego de culpar a Grigori!

El zar colocó una mano sobre el hombro de Rasputín.

- Botkin se encuentra arriba. Ve a verlo y dile que te ponga algo en el ojo. Mientras tanto, deja esto en mis manos...

Al día siguiente, por la mañana, el secretario privado del zar fue al monasterio de Cronstadt y pidió ver al obispo Hermógenes. Le dijeron que el obispo se hallaba en cama, enfermo, pero él insistió en verlo. En la habitación de Hermógenes, que había padecido un ligero ataque cardíaco por la disputa del día anterior, leyó en voz alta la orden imperial de destierro. Hermógenes debía ir al monasterio de Zhirovestki e Iliodor a uno en Siberia. Hermógenes, que había palidecido, indicó:

- Tengo derecho a que me juzgue un tribunal de obispos.

- El emperador ha anulado ese derecho.

Hermógenes agachó la cabeza.

A Iliodor no lo encontraron en ningún sitio. Estaba ya camino de regreso a Zaritsyn. Al llegar allí, le comunicaron la orden de su destierro. Su reacción fue histérica. Escribió una larga y violenta carta al Santo Sínodo, denunciando a Rasputín como un hombre libertino y malévolo, acusándolo de ser el amante de la zarina por las cartas que había interceptado en sus años de antigua amistad con él.

Era un documento tan "subido de tono" que el Sínodo ordenó que lo arrestaran. Lo condujeron a un monasterio cerca de San Petersburgo, en espera de un juicio. Allí, la rabia y la desilusión parecían haberlo arrastrado al borde de la locura. Reveló que había hecho copias de varias cartas de la zarina a Rasputín, cartas con frases como "Le amaré siempre", y las envió al Sínodo y a varios periódicos. El Sínodo decidió evitar el escándalo de un juicio y lo obligó a colgar los hábitos. Lo dejaron marcharse del monasterio. Iliodor huyó a Noruega, empezó a escribir un libro denunciando a Rasputín y tramó una revolución para derrocar al zar. El triunfo de Rasputín no podía ser más completo. Aunque lo que no sabía éste es que la venganza de Iliodor todavía no había llegado...

Con éstas muestras nos hacemos una idea de cómo se las gasta Rasputín para hacer que ocurra lo que ocurra, la familia imperial esté de su parte y bajo su influencia.












Continuará...






Bibliografía:






Santos Bosch: Rasputín
Ediciones G.P. Barcelona 1936.




Colin Wilson: El mago de Siberia.
Editorial Planeta, S.A... 1990.




Imágenes procedentes de: wikipedia.org

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