jueves, 7 de abril de 2011

Erzsébet Báthory 5ª Parte

Advertencia: las partes cuarta y quinta de este relato, son especialmente explícitas y sangrientas, no recomendable para gente sensible, si es vuestro caso, pasad directamente a la sexta parte, gracias :)

Profundizando en el personaje:



- Detalles escabrosos de su naturaleza cruel y dañina:



La maldad de y crueldad de Erzsébet se hace notar desde su niñez, si bien algunos niños y más de la nobleza tienen la mano larga y golpean por igual a familiares y criados, la pequeña Erzsébet va más allá, en muchas ocasiones se queda a poco de provocar una desgracia. Sus juegos dejan de serlo cuando por ejemplo, en invierno reta a sus primos a carreras en trineo, estos viéndola tan pequeña e indefensa, piensan que ganarán la carrera sin problema, cual es su sorpresa cuando van colina abajo, la niña les embiste con fuerza y saña, con intención de arrojarles por el acantilado, la pequeña ríe y cuando la regañan dice que no era su intención causar daño, pero al rato vuelve a hacer de las suyas. Un par de primas suyas tuvieron heridas de considerada gravedad por caer de sus trineos al hielo por los empujones de Erzsébet, así pues, tanto los primos como su alrededor, temen a Erzsébet como la peste.

También se dedica a destrozar y matar de forma horrible a cualquier animalillo que lleguase a sus manos.

Otra de sus "bromas" que dedicaba a sus primos era la siguiente:

 Coqueteando en el campo, cogía con cuidado una peonía silvestre de su rama. Una variedad similar a la rosa, que tiene espinas en su tallo. Ella que tenía mucha práctica, cogía la planta sin pincharse, y se la entregaba con fingida timidez al primo que estuviera con ella, ellos cogían la planta con fuerza, y naturalmente de sus manos manaba la sangre. Entonces Erzsébet, según reaccionaran ellos, a veces reía burlona y otras fingía arrepentirse. No se sabe si tuvo intención de lamer la sangre que salía de las heridas como haría en sus juegos más adelante. Uno de sus primos, de salud delicada, se le infectó la herida y estuvo a punto de morir.

A sus primas también les dedicaba "bromas" de lo más especiales:

Cuando celebraban la Natividad en el castillo de Erdöd, Erzsébet hizo por última vez algo que ya había hecho anteriormente con resultados que le encantaban. Cogía de debajo de las piedras una escolopendra, un gusano de muchas patas, que es tan largo como una mano abierta, sabía cogerlas de forma que no la picasen pues eran muy venenosos, agarrando la cabeza y la cola con delicadeza. Una de sus primas Somlyó estaba distraída, Erzsébet se la acercó por detrás y le dijo: "Si quieres que te ponga un bonito collar, cierra los ojos". La prima, emocionada, cerró los ojos y movió la cabeza de forma afirmativa. "De acuerdo, te lo regalo" respondió Erzsébet mientras acercaba al cuello de la niña aquel repugnante gusano. Se lo colocó rodeando el cuello, la mala suerte hizo que la escolopendra fuese escote abajo, provocando un ataque de nervios en su prima. Erzsébet fue duramente castigada por ello, pero no le importó lo más mínimo.
Rosas silvestres con espinas para sus primos, collares de gusanos para sus primas, así es Erzsébet, cruel y malvada desde sus más tiernos inicios.


Ya mencionamos su rebeldía de adolescente, en una ocasión, habló de forma muy poco respetuosa en público, su suegra la corrigió pero Erzsébet no estaba por la labor de pedir disculpas y siguió con su insolencia, finalmente aún siendo Orsolya Kanizsay (también escrito Orsolya Kanisky) una mujer muy piadosa, propinó un bofetón a Erzsébet que tenía unos catorce años, ésta se la quedó mirando sonriente, desafiante, la pobre mujer se contuvo para no darle un segundo bofetón simplemente le dijo: ¡Eres una salvaje! la adolescente seguía sonriendo, Orsolya solo articuló a decir: Vete..Vete... y la mandó a su habitación durante dos días para que meditara y también ordenó a los criados que no le hablaran. 

Erzsébet llena de orgullo recogió las enaguas de su falda para no hacer ruido y se dirigió a su cuarto.
Esto para la adolescente lejos de un castigo fue una bendición, comentaron a Orsolya que Erzsébet dijo de sus labios que aquellos dos días habían sido los más felices de toda su vida, la pobre mujer solo puede echarse a llorar. 
Cuando le comenta eso a Ferencz añade: Sé que es muy bella y la quieres, pero no olvides nunca que te casas con una fiera..., su hijo solo le responde... Madre, es como todos los Báthory... 


Al ir creciendo cambio sus bofetadas, puñetazos etc., como castigo de faltas graves, a fuertes golpes con una vara por detalles insignificantes, la costumbre de arrancar y masticar pedazos de carne de los hombros de sus sirvientas la tuvo desde su niñez hasta su muerte.


También como ya comentamos, evita tener hijos para dar a su suegra el placer de tener un nieto entre sus brazos.


  
Erzsébet Báthory, alrededor de 26 años.


- Bisexualidad:
 En los aposentos de Erzsébet:


En la época de la Condesa, la bisexualidad, la brujería, el vampirismo, costumbres o ritos satánicos, son motivo de condena y muerte, no obstante, tener un apellido con tremendo poder, a menudo da privilegios que anulan las leyes, como es este el caso de los Báthory.

Desde joven, alrededor de veinte años, se podía sospechar en ocasiones de las inclinaciones de Erzsébet por su comportamiento, relato a continuación un par de situaciones que nos dan pistas y además detalles de su comportamiento y obsesión por la sangre desde muy joven.

Una tarde en el castillo de kolozsvar, la Condesa como de costumbre, se aburría muchísimo, las horas pasaban con demasiada lentitud, eso le atacaba los nervios. Una costurera, sin prestar atención, cosía en sus faldones y mangas. A la vez esa costurera iba hablando con otras criadas. Erzsébet simulaba oírlas, pero en realidad estaba muy atenta...Se produjo la distracción y el pequeño desliz terminó en un pinchazo en la mano de Erzsébet. La costurera inmediata se disculpó, después surgió la alarma, todas temían los castigos de la Condesa. Habían visto los mordiscos, bofetones, gritos, amenazas y varazos con su preciado bastoncillo de tejo.
Pero no ocurrió nada, sino al contrario. Lo que incrementó el temor de la costurera, Erzsébet se quedó dijo palabra, con su mirada clavada en el suelo. La joven costurera lloró e intentaba excusarse. Una mirada de Erzsébet bastó para que su llanto se silenciara, se puso muy pálida. La Condesa seguía sin mediar palabra, sin quejarse ni protestar, tenía el brazo suspendido en el aire, y los ojos mirando a la mano que había recibido el pinchazo. Otra costurera temiendo lo que aguardaba soltó un intento de ayudar a su compañera, los ojos de Erzsébet se posaron en ella e inmediatamente también cerró la boca.
Ésta e colocó cerca de la ventana para iluminar mejor la diminuta herida de su mano, que tenía paralela a su rostro, observando la gota de sangre que manaba del minúsculo pinchazo.
Finalmente dijo a la costurera que la había pinchado: Ven
A penas se la escuchó. La chica rompió a llorar, tenía terror a los golpes, un codo la empujó hacía su dueña. Era preferible aceptar el castigo rápidamente que hacerla esperar y enfurecerla más aún. 
La costurera solo alcanzó a decir: Lo siento, señora, lo siento...
Todas sintieron un miedo atroz cuando vieron a la Condesa ponerse pálida, y hacer una extraña pregunta.
- ¿Tienes hambre?, preguntó, todas se miraban unas a otras, atónitas.
La costurera que ya sabía cómo se las gastaba Erzsébet dijo inmediatamente que no y siguió pidiendo perdón, bien temía que la hiciera comer dos o tres manzanas hasta atragantarse.
Erzsébet volvió a mirarse la mano, se fijó en el surco que había dejado la gota de sangre al desplazarse, sin moverse de su sitio, extendió el brazo hacia donde se encontraba la costurera, y en tono imperativo dijo: - ¡Lámela!
La costurera no dijo nada, ninguna otra sirvienta tampoco, Erzsébet amenazó de nuevo a la joven y coloco su mano a la altura del rosto de la asustada chica. Finalmente Irina, que así se llamaba la costurera, lamió la sangre, cerró los ojos de asco, Erzsébet también los cerró, probablemente de placer.
 A continuación la Condesa pidió que las dejaran solas, Irina solo podía temblar de miedo.
Erzsébet mandó acercarse a la joven, el motivo no era otro que arrearle tal bofetón que el rubio moño de la muchacha quedó deshecho y su cara fue magullada, brotando levemente algunos hilos de sangre.
Al ver la sangre en la cara de su criada, la expresión en la mirada de Erzsébet fue de paz., al apartar un poco la cara, dio a entender que no la golpearía más, la joven caminó hasta la puerta. Pero volvió a mirarla, pero no miraba a la cara, sino a la sangre que brotaba de la mejilla. La Condesa dijo no inusual dulzura en su voz:  - ¡Espera!, tenía intención de decirle algo pero lo pensó mejor y guardó silencio. Cuando la Irina miró por última vez hacia la ventana antes de abandonar la habitación, vio como la Condesa la miraba, sonriente, con la cabeza ladeada, ésta le dijo con voz sinuosa: - Eres dulce. 
Irina y el resto de criadas que la esperaban en la puerta no creían todo lo que acababa de ocurrir.

Irina Smoriesvsky era hija de campesinos, tenía dieciocho años y desapareció de la noche a la mañana, esa desaparición corrió como la pólvora tanto en sus criados cercanos como los que tenía siempre en Viena.
Cuando preguntaron el motivo de la desaparición de la joven, Erzsébet solo dijo que se fugó por cuestión de amores. Irina estaba interna y no tenía tiempo para novios ni se la había visto con ningún chico. La costurera murió a manos de Erzsébet que estaba enfermamente enamorada de ella, asociado el dolor con el placer.


Se sabe también que por ejemplo, cuando se echaba la siesta, mandaba que la acompañaran dos sirvientas, y que a veces se escuchaban risas y jadeos.



Una tarde en Léká cuando le estaban peinando su larga melena (castaña, de niña fue teñida de rubia, cuando pasó los 20 se la hizo teñir de negro), Erzsébet recibió un fuerte tirón en el pelo, una de las sirvientas se había distraído mientras hablaba. La Condesa se quejó y la miró con odio pero no hizo nada mas, cuando de costumbre, todas esperaban un bofetón o unos cuantos golpes con la vara.
Erzsébet siguió embelesada mirando sus hermosos vestidos recién planchados, y sus sirvientas, que minutos antes reían y hablaban con recato en voz baja, ahora comenzaban a pelearse. Primero con carcajadas contenidas, y después sin ningún recato, una amenazó a la otra con un alfiler, quizás en ese momento Erzsébet se acordó de la escena con Irina y el alfiler, y dejó continuar a las criadas con sus juegos, divertida en apariencia.

De pronto, para sorpresa de su alrededor, se unió al juego. Las criadas alegres siguieron jugando, quizá hasta pensaron que teniendo una edad similar a la de su señora, esta también querría alegría y diversión.
Erzsébet cogió uno de los alfileres más largos que se utilizaban para coser los vestidos. Amenazó a una y a otra, todas reían.
Lo que pasó a continuación fue tan súbito e inesperado como sucedió antaño con Irina.

Sin perder su macabra sonrisa, pues en todo momento jugaba y parecía muy a gusto, se colocó detrás de la criada que le había dado el tirón en el pelo y le clavó salvajemente el alfiler en el brazo. La criada lanzó un grito de dolor. Se hizo el silencio, todas las risas desaparecieron en un instante. Todas estaban inmóviles, llenas de terror. La Condesa quiso ver bien de cerca la herida que acababa de provocar, la sangre brotaba de forma abundante. Todas pensaban que pediría disculpas, en lugar de eso, tuvo intención clavar el alfiler en el brazo sangrante de la chica que por fortuna tuvo buenos reflejos y se apartó lo suficiente para que solo le rozara el codo. Erzsébet soltó una carcajada que dejó heladas a todas las mujeres que estaban en aquella habitación. Mandó salir a todas las sirvientas a excepción de la que tuvo el descuidó y le tiró del pelo. Según cuentan, la Condesa la pidió perdón, aunque le recriminó su falta de atención al peinarla.

Miró a los ojos de la criada y se acercó a su oído, susurrándole algo, la chica negó con la cabeza, no se atrevía a hablar. Para tranquilizarla Erzsébet la acarició dulcemente el pelo y le volvió a susurrar algo en tono cariñoso. La chica parecía completamente aterrada, en los labios de Erzsébet podía leerse "por favor...por favor...”, mientras su cara iba acercándose a la herida. La criada apartó la mirada y no ofreció resistencia, ya había sido suficientemente amenazada por su dueña. Por favor...dijo Erzsébet de nuevo con los ojos cerrados mientras besaba la herida. Recorrió con su lengua la sangre, durante un largo minuto, la joven criada no entendía nada. La Condesa besaba y bebía aquella sangre tibia que se había extendido por buena parte del brazo. Cuando se apartó, tenía la cara completamente llena de sangre, luego ordenó a la chica se que fuera.

Su obsesión con la sangre ya había florecido rondando a penas los veinte años.






Castigos y torturas por hurtos:




Hay otra cosa que obsesiona a Erzsébet, y es el tema de los robos, la Condesa no soporta pensar, ni si quiera sospechar, que una sirvienta le robe cualquier cosa, ni si quiera una uva. La mayoría son paranoias de Erzsébet, ya que todas conocen como se las gasta y no osarían robarle nada sabiendo la suerte que correrán.

Una sirvienta que tomó un racimo de uvas para solamente arrancar una y comerla. La Condesa la azotó hasta que murió, gritando: "¿Tienes hambre, verdad? Pues come, ¡perra!". Sus ayudantes le dijeron que ya era suficiente, pero ella siguió azotando mientras la joven se desangraba, hasta después de muerta siguió golpeándola con ira.

Otra chica rubia, extremadamente guapa, corrió una peor suerte, fue sorprendida tocando unas monedas que había sobre la mesa. Como castigo le puso una moneda ardiendo al rojo vivo sobre su mano. El olor a carne quemada era insoportable, pero no termino ahí el suplicio. Decidió clavar aquella moneda candente en otras partes del cuerpo, y cuando la sirvienta se desmayaba, se le echaba agua en las heridas o se usaba el truco del papel empapado en aceite y lo hacían prender entre sus piernas. Cuando la chica ya estaba agonizante de dolor, la Condesa se puso sobre ella como si fuera un caballo y la estranguló con sus propias manos.

Cuando se trata de joyas la situación empeora mucho más. Nadie, excepto ella, puede tocarlas, cuando las sirvientas la ponen un collar, la Condesa no aparta la vista de éste ni un segundo.
En cierta ocasión, estaban la Condesa, Jó Ilona, Dorkó y Darvulia y Ficzkó en un rincón.
Habían hecho subir a tres chicas que habían llegado la noche anterior, a los aposentos de Erzsébet para que la divirtieran. Las emborracharon, estás reían, y una de ella vio un collar de perlas sobre la mesa, entre risas y danzas campesinas, se lo puso sobre el pecho, no lo abrochó, solo lo colocó levemente para ver cómo le quedaba. En cuanto Erzsébet la vio soltó un grito, se hizo el silencio, ordenó atar fuertemente a las tres chicas, desnudarlas y tumbarlas en el suelo. 
La Condesa cogió el atizador del fuego ignorando los llantos de las chicas, cuando el hierro estuvo lo más caliente posible, lo colocó sobre varias partes del cuerpo de la chica que había cogido el collar, los gritos de la chica retumbaban en la habitación, las otras dos estaban completamente calladas. 
A continuación la Condesa cogió un gancho de hierro enorme, que se usaba para remover los troncos, y lo puso al rojo vivo también, con aquella herramienta comenzó a darle golpes muy fuertes que desgarraban la carne por el gancho incrustado, y debía de zarandearlo para soltarse y volver a golpear otra zona, empezó por lo pies y fue subiendo, dejando el cuerpo destrozado, cuando llegó a la cabeza, la muchacha aún estaba viva, y se ensañó brutalmente. 
Le reventó la cabeza al segundo golpe y los sesos se esparcieron por el suelo, aún seguía golpeando la cabeza destrozada, haciendo trozos más pequeños, todos, hasta las ayudantes, se quedaron mudos de horror. Después ordenó quemar los restos de aquel cuerpo en la chimenea, seguía teniendo aquel gancho en la mano, se acercó a las dos chicas, y amenazándolas con este las dijo "¿Veis lo que ocurre cuando alguien intenta robarme una joya?"
Después aquellas dos chicas fueron llevadas a los calabozos, con el resto de chicas en "conserva" como llamaba la Condesa a las campesinas que tenía escondidas en diferentes castillos.

Su destino no fue mucho mejor que el de su compañera mutilada, les arrancaron los pezones con unas tenazas y se los hicieron tragar. Arrancaron otras partes de su cuerpo y levemente asadas, también las obligaron a engullirlas. Vieron como obligaban a pelear a muerte a otras chicas, prometiendo la salvación a la ganadora, aunque eso nunca pasaba, no había supervivientes jamás.



Origen de los cabellos de la Dama de hierro:




La semana anterior hablamos sobre una chica a la que Erzsébet hizo llamar que vivía a un mes de distancia, cuya belleza era mencionada en muchos pueblos, se decía que sus cabellos fueron usados para la Virgen de hierro, a continuación relataré con detalles el cruel y horrendo destino de aquella pobre muchacha.


Nada más escuchar sobre la belleza de virtudes de la joven Petra Kolinskáya, la hizo llamar, la joven que era muy trabajadora, aceptó la oferta aún sabiendo que estaba a un mes de viaje.
La Condesa en un principio había puesto a la joven en "su lista de espera" esto significa que estaría días en el calabozo con las otras compañeras, sin aire ni comida. Pero Erzsébet en aquel mes se impacientó, cuando la joven llegó a Ecsed por la noche, inmediatamente la hicieron subir a los aposentos de Erzsébet.
Perdió la paciencia con la joven y mandó que la ataran con correas, tumbada en el suelo. Luego la arañó y mordió por todo su cuerpo, mientras ella misma desnuda, se frotaba contra Petra que no paraba de chillar. Pero ahí no era como en Viena, no la escucharía nadie. Erzsébet harta de los gritos, aprovechó la boca abierta para introducir los dedos y estirar hasta desgarrar por completo la comisura de los labios, a lo que Petra chillaba más fuerte aún. Cuando la joven estaba desmayada de dolor, se cuenta que Erzsébet no paraba de besar aquella boca desfigurada. A continuación con sus afiladas uñas, le sacó los ojos, con éstos en sus manos, comenzó a recitar frases que ni sus propios ayudantes entendían. Estaban bastante sorprendidos, pues era la primera vez que veían a la Condesa atacar con tal saña y descuartizar con sus propias manos. Debían temerla más que a nadie.
Petra Kolinskáya fue enterrada en alguna fosa improvisada de Ecsed. Cuando Erzsébet volvió a Csejthe, dejó escrito en su diario: "Petra. Era muy baja".



Dominio de las drogas:




También hay que comentar que a base de la ingesta continua desde joven, de hierbas, setas y otras sustancias, Erzsébet se inmunizó y llegó a controlar sus capacidades motrices de forma precisa para desgracia de sus víctimas. Al principio de las ingestas apenas podía abrir los ojos, pero con el tiempo aunque torpemente, podía desplazarse y hasta dar órdenes, estar en trance a base de las diferentes sustancias y del placer a base del dolor era una parte importante de sus rituales.



Continuará…




Bibliografía:






Valentine Penrose: La Condesa Sangrienta.
Ediciones Siruela, S.A. 1987, 1996, 2008.


Javier García Sánchez: Ella, Drácula.
Editorial Planeta, S.A., 2006.

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