jueves, 21 de abril de 2011

Erzsébet Báthory 7ª Parte



Muerte de Darvulia, llegada de Májorova:



En los años siguientes Erzsébet se dedicó a mirarse en el espejo, a leer brujería, ir a fiestas puntualmente y al atardecer hasta el anochecer, obtener su sangre para conservar su belleza, las familias iban hablando, cada vez era más difícil conseguir niñas. Tuvieron que irse Dorkó, Ficzkó y Jó Ilona a pueblos más lejanos, llegó un punto en el que los campesinos aterrados escondían a sus hijas, para aquella época en 1610, Darvulia desapareció "misteriosamente", hay dos versiones:

Una dice que se internó en el bosque, prácticamente ciega y no se supo más de ella, por lo que se supone murió en el bosque.

La otra que murió en de anciana en Csejthe, y que de madrugada salió la carroza de la Condesa con el cuerpo de Darvulia, la llevaron a un bosque lejano y la enterraron como ella quería, entre maléficas invocaciones.



Representación de Darvulia, ilustración de Santiago Caruso.



Para Erzsébet la muerte de aquella bruja fue un alivio, hacía meses que estaba harta. La veía como una embustera, pues ¿Como una bruja no es capaz de conservar su juventud y ser inmortal? Darvulia conocía  variedad de plantas para entrar en trance, hechizos y recetas, pero no la habían servido para salvarse a sí misma, eso desquiciaba a Erzsébet.

La Condesa no tardó demasiado en encontrarla una sustituta, más cruel si cabe que la anterior, pues en los últimos meses Darvulia se había empeñado de bajar la edad máxima de las víctimas de dieciocho años a tan sólo quince, para que la sangre fuera más pura.
Mandó como siempre a aquel enano, su nodriza y su bestia de carga a que buscaran una nueva bruja.

Se fueron muy lejos y trajeron a otra anciana, Erzsébet nada más verla supo que era ella a quien buscaba.
Aquella bruja se llamaba Ezra Májorova, aunque el pueblo lejano de donde procedía la conocía como la bruja de Miawa, lugar donde acaba el río Nytra, aunque la encontraron en otro sitio distante de la región.

Májorova era muy mayor aunque no tanto como Darvulia, éstas se conocían, muy a menudo Erzsébet pedía preparar pasteles envenados para enviarlos a alguien, por ejemplo al párroco del pueblo y Darvulia pedía el veneno a la bruja de Miawa para hacerlos.

La nueva bruja al principio se mostró reticente cuando vio los excesos de la Condesa, ya que los desconocía. Decidió darle setas y hongos nuevos, además de otras hierbas que provocaban trances, visiones y delirios en Erzsébet, ésta se tumbaba largas horas y Májorova permanecía a su lado, le preguntaba siempre que veía,  pero el volumen de imágenes era tal y tan acelerado que la Condesa nunca podía describir nada, de hecho lanzaba al aire palabras sin sentido.

Darvulia caminaba arrastrando los pies, e iba siempre con un capuchón que le cubría la cara, Májorova no, solo utilizaba su larga capa con capucha cuando salía fuera del castillo. Era fea pero lucía el rostro con orgullo. Una ancha y repugnante cicatriz le cruzaba la barbilla de lado a lado. Tenía esa marca desde su infancia, cuando la Condesa le preguntó por ella, la bruja respondió: - Un oso reticente...no quería ser dócil pero al poco tiempo fue mi fiel animal de compañía.  
Erzsébet quedó impresionada, maravillada.

Finalmente Erzsébet se mostraba impaciente e irascible y amenazó a Májorova desde un principio: - ¡Me has mentido!, gritaba Erzsébet, ¡eres la desgracia de todas mis desgracias, tus consejos han fallado! Ni si quiera esos baños de sangre de jovencitas han surtido efecto, después de los de plantas balsámicas. No sólo no me han devuelto la belleza sino que no han retrasado el avance de la decrepitud. ¡Encuentra un remedio o te mato!

La Condesa estaba harta de Darvulia y todo el peso y culpas cayeron en Májorova, que para salvar su pellejo, respondió con naturalidad: - Esos baños de sangre han resultado inútiles porque era la sangre de simples muchachas campesinas, sirvientas similares a animales. No surten efecto en tu cuerpo; lo que necesitas es sangre azul. Dentro de un mes o dos empezarás a notar el cambio.
Baños de sangre:


 
Baños de sangre:



Májorova le dijo también, que era hora de tomar literalmente largos baños de sangre, y que ésta además de ser procedente de chicas de la nobleza, debía cumplir otros nuevos requisitos:
El número de muchachas debía aumentar, ser más jóvenes, más lozanas. De once o doce años, no podían llegar a los quince. Era importante que además de ser vírgenes, nunca se hubiesen enamorado pues eso quitaba pureza a la sangre. Cuanto más hermosas mejor.

Al principio para esto usó su querida Doncella de hierro, que tardó muy poco en oxidarse y quedar en un rincón.

Instalaron un sistema en el cual toda la sangre derramada de las víctimas, a causa de los distintos métodos de tortura, era recogida mediante un canalillo que iba a parar a algunos cubos, éstos eran calentados de forma constante por un escalfador de barro. De ahí se vertía en la bañera de Erzsébet, que había hecho instalar en un lugar de los antiguos lavaderos, junto al sillón desde el que presenciaba las torturas.


Se reservaba para el final, cuando veía que las chicas estaban ya inconscientes, el momento de cortarles las venas de los brazos y el cuello. Finalmente se desnudaba muy tranquilamente y se metía en la bañera, que estaba a rebosar, lentamente, también tenía un escalfador de barro de bajo para mantener la sangre a temperatura elevada. Allí permanecía entre una y dos horas, tranquila, adormilada, cubierta hasta casi los ojos por aquel tesoro robado a sus víctimas. Cuando no tenía muchas muchachas en conserva, usaba esa misma sangre para bañarse la noche siguiente, después la sangre se deterioraba y había que tirarla.


Para la Condesa todo encajaba, todo lo que le indicó Májorova ella ya lo había pensado desde un principio, era lógico necesitar sangre azul debido a su alto rango. Mandó espías por los alrededores para tantear el terrero, el objetivo era traer al máximo número posible de hijas de "Zémans", nobles campesinos, barones o caballeros.

La estrategia para convencerles era sencilla, mandó a sus criadas, muy bien vestidas anunciar que "la Dama de Csejthe" iba a enfrentarse al invierno completamente sola y que eso la entristecía, estaba dispuesta a acoger en su casa a jóvenes de familias nobles para iniciarlas en el buen tono, buenos modales y enseñarlas idiomas. Solo pedía como pago la compañía de las chicas lo que durara el invierno. 
La compañía le salía muy barata si se comparaba por ejemplo, en Turquía por ejemplo, el pachá de Nové- Zamki debían pagar por cada joven cristiana destinada a su harén el valor de diez caballos de raza.
Con tales condiciones, consiguieron llevar a Csejthe veinticinco muchachas.

Al llegar a Csejthe, dos de ellas desaparecieron, a las otras las habían llevado a Podolié. Allí iban a buscarlas para usarlas en Csejthe y volvían a enterrarlas sin la intromisión de Ponikenus. En dos semanas de las veinticinco nobles, solo quedaban dos. Una de ellas muerta en la cama con aspecto extraño, ya que las sirvientas dijeron que tenía el cuerpo repleto de agujeritos pero no había ni una gota de sangre por ninguna parte. A la última se la acuso de haber matado a la otra por robarle una pulsera de oro. Intentó huir pero la atraparon en la puerta del castillo. Se suicidó en el calabozo con un cuchillo de cocina, aunque creen que la mató la propia  Erzsébet que fue vista entrar momentos antes de la muerte de la joven.

Jó Ilona, Dorkó y Kardoska, se vieron en dificultades, aquellas muchachas habían durado muy poco, debían encontrar más chicas hijas de Zémans, pero no era tarea fácil. Como ya no había manera de conseguirlas, por muy lejos que se fueron, se pusieron de acuerdo. Acordaron coger a campesinas y adecentarlas todo lo posible. Cogieron a cinco chicas y las llevaron al patio del castillo, allí las lavaron, peinaron, y se esforzaron mucho por blanquearles y suavizarles las manos. Las vistieron lo mejor que pudieron con las ropas de sus compañeras muertas días antes. Por la noche se las entregaron a Erzsébet. Incluso los haiducos se dieron cuenta del "engaño" pero no dijeron nada en presencia de la Condesa. Esto ocurría en diciembre de 1610.

Erzsébet pensó que con tantas dificultades para encontrar jóvenes lo mejor era marcharse de allí, anunció que se iría en cuanto pasara el año nuevo. Como no tenía a penas dinero preparó una serie de impuestos nuevos y prohibía a los propietarios vender las cosechas de trigo y vino antes de que se vendiesen las del castillo: "Necesitaré mucho dinero antes de irme", comentaba. Su intención era irse a un castillo en Transilvania al lado de su primo Gábor, casi tan cruel como ella, allí nadie la molestaría y nadie escucharía ni vería a ninguna de las jóvenes que le proporcionarían la eterna juventud, pensaba ella.



Sospechas en Csejthe:



Al igual que en Viena, en Csejthe y otros pueblos donde tenía castillos, los rumores y miedos eran muchos.
Los familiares de Erzsébet eran reacios a ir a Csejthe a visitarla, todos tenían sospechas, pero nadie hacía nada.

La hija de Erzsébet, Orsolya, llamada así en recuerdo a su suegra, vivía muy lejos de su madre y no le interesaba nada lo que ocurriese en el castillo. Otra de sus hijas, Katherine, no se llevaba bien con Erzsébet, aunque para ella, ésta era su favorita. Fue casada con un nombre francés llamado Georges Drughet, Señor de Homonna. No eran molestos, no interferían. 

Con Anna, la mayor, sucedía lo mismo, era invitada por Erzsébet cada mucho tiempo pues su yerno desde aquel episodio en Pistyán no quiso volver. En las pocas visitas que hacían avisaban con semanas de antelación, por lo que daba tiempo a prepararlo todo, como ocurría mientras vivía su marido, Ferencz, que gracias a sus largas ausencias para luchar en la guerra, tenía tiempo de sobra para hacer cuanto quería.



Pál Nádasdy 


Su hijo Pál también tenía la vida solucionada, desde que murió su padre, fue nombrado Gran Oficial del condado de Eisenburg. Estaba prometido con Judith de Forgách, procedente de una de las familias más importantes de Hungría.



Judith Révay de Forgách, esposa de Pál Nádasdy


El clérigo del pueblo, el anciano András Berthoni, de unos setenta años, llevaba muchos años sospechando. Pero él era quien más atemorizado estaba por lo que allí ocurría, además de tener pavor a los gatos negros, estando el castillo de Erzsébet a rebosar de éstos, traídos por Darvulia.

Al principio la Condesa en persona, entraba en plena noche a la parroquia, despertando al anciano y le ordenaba enterrar a algunas sirvientas muertas, éste lo iba anotando todo en un Diario: "Ayer por la noche tuve que dar cristiana sepultura a varias chicas, fallecidas en el castillo de la Señora". 

"Anoche tuve que salir precipitadamente a bendecir parcelas de campo donde algunas mujeres serían enterradas".

"Hoy he vuelto a enterrar a nueve muchachas del castillo, cuyo óbito, según parece, se ha debido a una enfermedad misteriosa.".

Todo esto y más notas más detalladas y reveladoras quedaron a disposición del pastor que le sustituyó no mucho tiempo después, János Ponikenus, quien supo que la cripta de Csejthe no admitía nuevos cadáveres, mientras los campos de alrededor se iban llenando de cuerpos sin vida procedentes de habitantes del castillo. 

La Condesa en una ocasión al volver de un viaje de Presburgo hizo llamar a su cuarto a Berthoni, otras tantas muchachas habían muerto en ausencia de Erzsébet, maltratadas por Dorkó. El pastor recibió las siguientes instrucciones:
"No me preguntes ni por qué ni cómo han muerto. Esta noche, cuando todos en la aldea duerman, entiérralas en secreto. Haz fabricar los féretros al por mayor; los meterás en la tumba de Országh."

A Berthoni aquello le pareció demasiado alarmante, lo redacto todo en una carta sellada y la escondió entre los documentos de la parroquia para que fuera encontrada por su sucesor.

Tanto el antiguo como el nuevo pastor no les parecieron normales todos aquellos funerales y que además las enterradas siempre fueran chicas del servicio, nunca ningún barón, nunca una anciana. 

Ponikenus llegó a Csejthe en 1608, cuando los crímenes eran más intentos y frecuentes. Erzsébet enterraba algunos cadáveres por la iglesia, otros los quemaba directamente en sus chimeneas, el olor que de ahí provenía era terrible y otros cuerpos eran enterrados por sus ayudantes en los patios y alrededores del castillo.

Erzsébet daba al pastor Berthoni una recompensa por sus servicios y "silencio" que consistía entre ocho y diez florines de oro anuales, más de cincuenta quintales de trigo y diez toneles de vino. 
A Ponikenus le recompensó mejor, pues era nuevo y tenía mucho que callar, pero él ya había leído aquel diario con todas aquellas sospechas y horribles enterramientos. 

La Condesa se dio cuenta de que no sería tan dócil como el antiguo pastor, de hecho a él no le mandaba a subir al castillo para oficiar ninguna ceremonia, ni si quiera en festividades del calendario cristiano. Tampoco ella bajaba como hacía antaño, a la pequeña iglesia del pueblo en fechas significativas. Vivía recluida en el castillo y si se movía viajaba de noche de forma furtiva.

En una ocasión, Erzsébet mandó preparar a Darvulia una cesta de sus famosos pasteles venenosos, y se la envió a Ponikenus, una campesina se los llevó, éste que era muy listo, supo inmediatamente que la Condesa lo veía como una amenaza porque sabía demasiado, echó los pasteles a su perro que murió presa de una terrible agonía.

La relación de Erzsébet con la iglesia se rompe cuando hartó de ver tantas y tantas chicas destrozadas y oficiar sus ceremonias de entierro. El punto y final de sus servicios a  Erzsébet llega cuando ordenan  al pastor oficiar el funeral con todos los honores, de Ilona Harczy, cantante a la que la Condesa decide torturar en Viena y llevar a Csejthe mutilada, herida de muerte. Cuando encuentran el cadáver es imposible negar que ha sido torturada, por eso y los anteriores y frecuentes entierros de otras jóvenes, Ponikenus se planta y finalmente se niega a oficiar ningún otro entierro.
Erzsébet solo le dice que no se meta en sus asuntos y ella no se meterá en los de su iglesia.

A Ponikenus no le faltan ganas de contarlo todo, piensa en escribir a Elías Lanyi, pero visto el incidente de los pasteles, si interceptan la carta la Condesa pedirá su cabeza. Quiso ir personalmente a quejarse a Presburgo, fue detenido cerca de Trnava, antes de la casa de la aduana. Erzsébet tenía espías, tanto sirvientas como mujeres a sueldo en diferentes aldeas, por lo que no se le escapaba nada. Kardoska era la más eficaz, era una borracha y solo tenía que recorrer los caminos mendigando, entrando en las casas se enteraba de todo. 

Otras espías eran Barnó, Horvath, Vás, Zalay, Sidó, Katché, Barsovny (que era de buena familia a diferencia que las demás), Seleva, Kochinova, Szábo, Öetvos...todas ellas sabían el destino de las jóvenes que ellas mismas llevaban a casa de la Condesa, pero no les quitaba el sueño.

Con tantos impedimentos y vigilancia, Ponikenus calló hasta el momento del proceso.



Se disparan las alarmas:



 Erzsébet ha cometido un gran error, ha elegido a jóvenes cuyas familias echarán de menos y no aceptarán sobornos, pues les sobra el dinero. Todos los años anteriores sus víctimas eran muchachas extremadamente pobres que soñaban con una vida mejor, y sus padres así querían creerlo, pero en este caso, al entrar las veinticinco muchachas en el castillo y los padres no obtener respuesta alguna de ellas, las alarmas saltan, todos miran a la Condesa.

 Las nuevas denuncias se acumulan con las que ya existen de otras familias más pobres, más un sin fin de rumores, el Rey Matías decide por fin comprobar si todos esos rumores son ciertos y que ha sucedido con aquellas chicas que han entrado en el castillo y de las que nada se ha vuelto a saber.
Entre las denuncias destacan la de uno de los Zémans, Niláievá, mandó a su hija Doricza con la Condesa y nada más se supo de ella. Otra denuncia de peso es la de uno de los novios de las campesinas, que viaja a buscar a Pál Nádasdy para pedir por favor que le digan que ha ocurrido con su novia, este no consigue hablar con Pál, pero si con su tutor, que escucha y apunta todo lo ocurrido.



El Rey Matías II de Hungría


Matías II decide enviar una comisión investigadora a Csejthe, el lugar donde la Condesa vive la mayor parte del año.
A principios del 1610 el Rey elige como líder de la expedición al primo de Erzsébet, el conde György Thurzó, nombrado palatino tan solo dos años antes. Quizá los el romance que mantuvieron hace años (del cual se conservan cartas en latín y húngaro en el que se invitan mutuamente a visitar sus respectivos castillos), Thurzó defiende a Erzsébet, alegando que todo es fruto de la envidia y los rumores de gente con mala idea.

Para comprobar dicha afirmación, aprovechando que todos deben de viajar a Presburgo, capital de la Alta Hungría donde se llevan a cabo las sesiones parlamentarias, Thurzó avisa a Erzsébet de que se alojaran en Csejthe, Rey Matías incluido. En un buen lugar para descansar ya que se encuentra a mitad de camino. El gobernador solicita que se organice una fiesta para celebrar la Navidad.




Continuará…




Bibliografía:






Valentine Penrose: La Condesa Sangrienta.
Ediciones Siruela, S.A. 1987, 1996, 2008.


Javier García Sánchez: Ella, Drácula.
Editorial Planeta, S.A., 2006.


Imágenes procedentes de wikipedia.org y de http://galleries.santiagocaruso.com.ar

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