sábado, 27 de agosto de 2011

Rasputín y los Romanov 9º Parte












En el año 1913, para celebrar otro centenario de la familia Romanov, la catedral de Kazán está lista para ofrecer un "Te Deum" glorioso con la familia imperial, todos al completo. No quedaba un solo asiento libre. El presidente del protocolo recibe, asombrado, una notificación de que un enorme y extraño campesino se ha instalado en uno de los principales asientos y no tiene la más mínima intención de moverse de allí.


El responsable de protocolo y presidente de la Duma (Parlamento ruso), va corriendo al lugar y descubre que se trata nada menos que de Rasputín. Lo que ocurre a continuación es relatado con detalle por el encolerizado presidente de la Duma.

-¿Qué estás haciendo aquí?- pregunta de forma inquisidora.

-¿A ti que te importa?- responde Rasputín, insolente pero indignado.

-Si vuelves a dirigirte a mí en ese tono, te agarraré de la barba y te arrastraré hasta la puerta de la catedral. ¿Acaso no sabes que soy el presidente de la Duma?

Según agrega el hombre, Rasputín en lugar de amedrentarse, no se echa atrás y trata de hipnotizarle con su particular y profunda mirada. El presidente de la Duma le sostiene la mirada, y desafiante, le planta cara. Rasputín pregunta de forma tranquila.

-¿Qué quieres de mí?

-¡Lárgate de aquí, vil hereje! ¡No hay lugar para ti en esta casa sagrada!

-Estoy aquí porque me han invitado personas más importantes que tú- Muestra una invitación hecha y escrita a mano por la Zarina, pero el presidente ni la mira.

-¡Eres un fanfarrón y un mentiroso! Nadie te cree ya. Lárgate, éste no es un sitio para ti.


Inmediatamente Grigori se arrodilla en el suelo y empieza a rezar. El presidente le pega una fuerte patada en el estómago gritando: ¡Basta ya de teatro! ¡Si no te largas ahora mismo llamaré a la guardia!
Rasputín grita: ¡Oh señor, perdónale por que no sabe lo que hace!, después se encamina despacio hacia la salida de la catedral y se esfuma.







Intentos de asesinato:



En los últimos años de su vida, Rasputín sufrió varios intentos de asesinato, según cuentan a manos de Iliodor, que era a su vez aconsejado por el gobierno ruso (en especial por el ministro de interior Hvostov), de forma que las investigaciones sobre los asesinatos nunca eran resueltas.





Iliodor


Un agente de Hvostov (ministro del interior) se encontraba sentado a la mesa de al lado y cuando Rasputín se quedó dormido un momento, depositó una cucharadita de polvos blancos en su bebida. Era un antiguo remedio de los letones para los dolores de espalda que contenía ácido tártaro, fue éste el que enfermó tanto a Rasputín la noche que lo mandaron llamar a la cama del Zarévich.

Hvostov comenzó a sospechar de sus dos compañeros en la conspiración. Decidió que Iliodor sería probablemente un mejor y más discreto asesino e inició una correspondencia secreta con el ex-sacerdote, que vivía, por entonces, repudiado en Finlandia.

Hvostov ofreció a Iliodor fondos ilimitados para organizar todos los intentos necesarios hasta conseguir su objetivo de acabar con Grigori y le envió a un antiguo ladrón llamado Rezhetski junto con el primer pago.
En la frontera con Finlandia, los oficiales inspeccionaron el equipaje de Rezhetski se sorprendieron al encontrar tan cuantiosa cantidad de dinero. Enviaron un telegrama a la policía de San Petersburgo y se enteraron por el historial de Rezhetskide que había estado en la cárcel y sus antecedentes no eran precisamente limpios. La policía de San Petersburgo llamó a Beletski (un policía corrupto), que adivinó adónde iba Rezhetski y por qué llevaba tanto dinero.

Ordenó que lo arrestaran y lo devolvieran a San Petersburgo. Entonces fue a ver a Hvostov y le dijo, con expresión inocente, que acababa de atrapar a Rezhetski, que trataba de huir con la caja para gastos menores. Hvostov se enfureció pero nada pudo hacer.

Beletski y Rasputín pasaron la velada riendo y bebiendo. Fue en ese momento que Beletski provocó su propia caída por un descuido. Estaba harto del departamento de policía y de trabajar bajo las órdenes de Hvostov; Rasputín susurró unas palabras en el oído del zar y Beletski fue nombrado gobernador de Siberia. Antes de marcharse para tomar el cargo, otorgó una entrevista a un periódico de San Petersburgo, en la que habló abiertamente de las conspiraciones para terminar con la vida de Rasputín.




Iliodor decide contactar con una prostituta que antaño fue discípula de Rasputín, y según ella, una amante maltratada. La prostitución provoca que Jina Gusseva (también escrito Chionya Guseva) sufra una sífilis que la deja con la cara completamente desfigurada. La mujer recibe la orden de asesinato y un cuchillo del propio Iliodor con una frase: "Con este cuchillo mata a Grigori".



El 28 de junio de 1914 en Pokrovskoé, el pueblo natal de Rasputín. Aquel día los aldeanos trataban de detenerlo para charla, Grigori explicaba que tenía que apresurarse para enviar un telegrama.
Cerca del correo, se detuvo cuando una mujer coja se arrastró hacia él, con la mano izquierda levemente alzada. Rasputín buscó una moneda en el bolsillo. En ese momento, la mujer sacó la otra mano de debajo del chal y se abalanzó contra él. Le clavó el cuchillo en el abdomen con gran fuerza y luego lo empujó hacia arriba.
La sangre brotaba a chorros, manchando la ropa de Rasputín, que se dio la vuelta para correr. La mujer se lanza de nuevo sobre él, tratando de clavarle el cuchillo en la espalda. Rasputín cogió un pedazo de madera que había en el río y la golpeó en la cabeza. La mujer cae al suelo y trata de escapar, a gatas como buenamente puede.

Los aldeanos que pasaban por allí se habían dado cuenta de lo que ocurría, varios la cogieron y la arrastraron a la comisaría. Rasputín regresó tambaleándose a su casa, con la sangre cubierto de sangre, conteniendo levemente la gran hemorragia.

Lo acuestan en la mesa de la cocina y le retiran el pantalón. A través de la larga herida, sus intestinos sobresalen de su cuerpo como globos. Prascovia, la mujer de Rasputín y Dunia, la sirvienta, le limpiaron la herida.

En ese inoportuno y tenso momento llamó a la puerta un reportero, Davidsohn, que explicó que había oído hablar del ataque y quería informar de ello en su periódico. Cuando trató de mirar por encima del hombro de María la hija de Rasputín, ésta se sobrecogió al adivinar algo horrible. Ese hombre fue uno de los responsables detrás del atentado contra la vida de su padre. Iracunda, lo empujó y le cerró la puerta en las narices. 






 Rasputín, una de sus seguidoras, y su hija María



Más tarde ese mismo día, llegó la policía. Gusseva fue detenida. Se supo que llevaba varios días alojada en la aldea. Unas cartas que encontraron en su posesión revelaron que era una discípula de Iliodor y además que el cuchillo que utilizó pertenecía al sacerdote que había tenido que colgar sus hábitos por culpa de Grigori.



Iliodor supo de que su intento había resultado infructuoso y decidió probar otra forma de acabar con su antiguo amigo, que ahora odiaba con todo su ser.



Otro intento de acabar con la vida de Rasputín sucedió el 16 enero de 1915, al día siguiente del terrible accidente sufrido por Anna Vyrubov.

Rasputín caminaba por una de las calles terriblemente nevadas de la avenida Kammeno-Ostroski, cuando escuchó los pasos de un caballo que se acercaba; la desconfianza le obligó a volverse y saltó de forma precipitada.

El trineo lo golpeó y lo tiró violentamente al suelo. Los policías que lo seguían siempre (por orden del gobierno) corrieron y uno de ellos logró agarrar la rienda del caballo. Rasputín estaba atontado y una herida en la cabeza le sangraba en abundancia. Se sentó, aturdido, y vio cómo los policías detenían a los tres hombres del trineo.

Más tarde, ese día, un policía en la puerta de su casa le explicó que los hombres reconocieron haber llegado de Zaritsyn, el antiguo "baluarte" de Iliodor.
La acusación de intento de asesinato contra Rasputín se abandonó discretamente. Dzhunkovski, el jefe de la policía, odiaba a Rasputín y había jurado, como muchos otros, conseguir su caída.

La madre del Zar, la hermana de la Zarina, los oficiales del ejército, políticos y miembros del santo Sínodo lamentan la recuperación de Rasputín de cada intento de asesinato al que sobrevive. Y es que muchos creen que la única manera de terminar con las influencias de Grigori es terminando con su vida.




Continuará…




Bibliografía:




Colin Wilson: El mago de Siberia.
Editorial Planeta, S.A... 1990.




Alejandra Vallejo-Nágera: Locos de la historia.
La Esfera de los Libros, S.L. 2007.




Imágenes procedentes de: wikipedia.org

viernes, 26 de agosto de 2011

Rasputín y los Romanov 8º Parte




Ya estoy de vuelta por fin, os compensaré mi ausencia agregando este fin de semana las siguientes partes de la biografía de Rasputín, en cuanto termine seguiré con las entradas semanales como suelo hacer. Ante todo daros las gracias por los ánimos y el interés y pediros disculpa por la espera.



Ya somos casi un centenar en la comunidad de Facebook (97) y hemos superado las 9000 visitas, sin vosotr@s esto no sería posible, millones de gracias por leerme :)




Continúa la caída:








A pesar de tener muchos avisos a su alrededor, y de salir triunfante de todas las ordenes de destierro, pronto empezará a escapar la situación de las manos de Rasputín. Hablar con la Zarina para limpiar su imagen, al menos ante la familia imperial le resulta sencillo, pero cuando toda Rusia empieza a tensarse y a sentirse la revolución, el gobierno decide poner cartas en el asunto, piden ayuda a un antiguo amigo de Grigori, Iliodor, que acepta encantado desde la lejanía, para vengarse todo lo que puede.


El monje además, en ningún momento deja de recordar a todos su magnífica relación con la familia imperial:

El Zar cree que soy Cristo reencarnado, los emperadores se inclinan ante mí, se arrodillan ante mí y me besan las manos. La Zarina ha jugado que si los demás me dan la espalda, ella no se moverá y me considerará siempre su amigo.

Discursos como esto salen constantemente de la boca de Rasputín, aunque son completamente ciertos.



Cuando cuentan a Iliodor que Rasputín besa frecuentemente a la Zarina delante de sus hijas sus ojos se abren como platos. No se concreta en qué lugar la besa, ya que hay obvia diferencia entre las mejillas, la frente y la boca, por aquellos tiempos, sin duda, se interpretaba de la peor de las maneras.

Iliodor cree que Rasputín ha perdido el juicio, le queda aún leer algunas de las cartas que el gobierno tiene de Alejandra:

¡Cuánto añoro tu presencia junto a mí! ¿Dónde estás? ¿Dónde has ido? ¡Oh, estoy tan triste y mi corazón te echa tanto de menos! ¿Volverás pronto a mi lado? Ven enseguida, te espero, me atormento sin ti. Te amo. Siempre tuya, Mamá.


Con toda esta información y por supuesto gracias a Iliodor y otros enemigos de Rasputín, la situación estalla y los periódicos publican las cartas, tanto de Alejandra como de las cuatro Grandes Duquesas, lo que escandaliza a todo el pueblo ruso.


Si el pueblo en general nunca aceptó a la Zarina, con esto ya tienen la excusa perfecta para dedicarle lindezas como, "Esa alemana traidora que se acuesta con ese borracho fornicador, seguro que ha robado su sitio en el lecho al Zar". El pueblo está convencido además de que Rasputín ha violado a las Grandes Duquesas, recordemos que ya habían sido varias cuidadoras despedidas por encontrar a Rasputín muy cerca de las niñas, incluso un hombre dice haber visto a Anastasia sentada en las rodillas de Rasputín de forma pecaminosa.

Por su parte la familia imperial no dice nada al respecto, si bien es cierto que saben de sobra la actitud promiscua de Rasputín y sus prácticas purificadoras, ha salvado al pequeño Alexei muchas veces, enseña a las niñas valores religiosos, y proporciona una gran paz espiritual a Alejandra, que se siente enormemente culpable por transmitir a su hijo la enfermedad de la hemofilia, provocarle un terrible dolor a causa de ello y robarle su niñez, ya que no puede jugar como sus hermanas.



En 1910, en la academia de Teología, dos mujeres denuncian a Rasputín por haber abusado de ellas, no es la primera vez que ocurre. Por estos y otros motivos (como que es llamado padre Grigori), la iglesia intentó contactar con el zar que se negó, incluso pidió al ministro y a otros del gobierno que no le hablaran más de Grigori. Así pues como ya relaté anteriormente, Rasputín fue convocado y excomulgado, la iglesia le dio por completo la espalda. A parte de revocar y desterrar a Hermógenes e Iliodor, también fue sentenciado por orden de Alejandra el propio Teófano.

Ya mencionamos la caída de Kokovtsov y Stolpyn tras mandar a Rasputín al destierro o al menos intentarlo.




El primer ministro Piotr Stolpyn



Vale la pena mencionar la suerte que corrió Stolpyn, a raíz de su enfrentamiento con Grigori, este decide no dejarle tranquilo. Tras la conversación del destierro, Rasputín decide que será prudente dejar la capital unos escasos días, elige ir a Kiev, donde sabe que los Zares y dos de las Grandes Duquesas van a inaugurar una estatua conmemorativa de Alejandro III, padre de Nicolás. El monje sabe también que Stolpyn les acompañará. Cuando la procesión imperial cruza las calles, justo cuando pasan los Zares y el primer ministro, Grigori salta y agita las manos gritando y señalando a Stolpyn: "¡La muerte le persigue! ¡La muerte va tras él!"


La noche siguiente, en la ópera, un personaje vestido de negro se acerca a Stolpyn, saca un revolver de su abrigo y dispara dos veces contra el pecho del primer ministro. El pobre hombre mira a los zares, se santigua y cae, muerto casi en el acto, en el suelo.


A los pocos días un primo del Zar oye a Alejandra decir que: "Aquellos que ofenden a Dios criticando a nuestro amigo, pueden despedirse de la protección divina".
Sin duda una frase que invita a la reflexión, ¿estaba preparado el asesinato por algún conocido de la Zarina y Rasputín? o ¿fue a manos de algún revolucionario?, desgraciadamente no podremos saberlo, cada uno podemos pensar lo que creamos más lógico. Se sabe que quien lo mató era un radical llamado Dmitri Bogrov. Le sucedió en su puesto de primer ministro Kokovtsov, ya mencionado anteriormente.


Como nos ocurre a nosotros, también pasó en San Petersburgo, a raíz del asesinato quedaron divididos en los que creía que directamente Rasputín tenía algo que ver, y los que defendías su inocencia y dicen que es un excelente adivinador, un visionario.


Después de este suceso Rasputín viajó a Tierra Santa y se quedó allí durante un año, sin duda para salvaguardarse y de paso, cesar los rumores y acusaciones.


A su vuelta los Zares y otros nobles parecen haber olvidado todas las fechorías atribuidas a Grigori y hacen cola para escuchar sus andanzas durante su ausencia.


Aún así el rumor de que Rasputín y Alejandra son amantes se aviva pronto por el comportamiento de ambos.





Los padres del Zar, María y Alejandro III



La madre de Nicolás, María, que no soporta a Alejandra comenta lo siguiente:

Mi nuera me detesta, está convencida de que estoy celosa, no percibe que solo me preocupa la felicidad de mi hijo. Intuyo que nos enfrentamos a una catástrofe, pero mi hijo sólo escucha a los aduladores sin darse cuenta de lo que ocurre a su alrededor. ¿Por qué nadie le previene? ¿Es acaso demasiado tarde?

La pobre mujer realmente supo ver la situación, pero los Zares no querían y se negaban a ver los numerosos avisos de su alrededor.

Además, la antigua Emperatriz agrega;

Alejandra no se da cuenta de que está descarriada y va a arrastrar consigo a la dinastía. Cree de buena fe en la santidad de ese aventurero, y nosotros, impotentes, no podemos hacer nada para evitar una catástrofe que ya parece inevitable.

Sin duda María Feodorovna fue una gran mujer con una gran inteligencia.


Rasputín, para intentar recuperar la fama de sus inicios, intenta hacerse sacerdote, pero le resulta imposible memorizar los Evangelios. Se dice que lo suyo más que el sacerdocio, era sin duda el teatro.





Continuará...








Bibliografía:






Santos Bosch: Rasputín
Ediciones G.P. Barcelona 1936.




Colin Wilson: El mago de Siberia.
Editorial Planeta, S.A... 1990.




Imágenes procedentes de: wikipedia.org

jueves, 30 de junio de 2011

Rasputín y los Romanov 7º Parte








Rasputín en su aldea natal en 1910




Avisos y antipatías:




Un mes de marzo, la zarina comenta a Rasputín que Rodzianko había pedido audiencia al zar, sin duda para acusar a Rasputín e intentar distanciarles. Tenía razón. Rodzianko presentó al zar el antiguo informe de Stolypin y pidió permiso para investigar la vida de Rasputín.






El zar, que siempre quería caer bien a la gente, dio su permiso. Cuando, unos meses más tarde, Rodzianko solicitó otra entrevista, el secretario del zar le pidió que entregara su informe por escrito. Sabía lo que esto significaba. Rasputín y la zarina habían triunfado nuevamente, el zar se cerró en banda a más rumores externos, de momento.

Rodzianko no se dio por derrotado y pidió al primer ministro Kokovtsov, junto con la Emperatriz María, que éste hablara con el zar, que difícilmente podía negarle una audiencia. De nuevo, el zar se mostró colaborador y cortés. Insinuó que sabía todo sobre el libertinaje de Rasputín pero que éste no hacía ningún daño a nadie. Acabó por indicar que Kokovtsov hablara cara a cara con Rasputín.

Rasputín se asombró al recibir una orden de presentarse en casa de Kokovtsov y más aún cuando lo escoltaron a su estudio privado. Kokovtsov era un hombrecillo pulcro, de modales secos.
Rasputín se divirtió al ver que el primer ministro, como tantos otros, evitaba deliberadamente su mirada; era evidente que lo habían advertido sobre el poder hipnótico de Rasputín.
Cual un maestro abochornado, Kokovtsov explicó que la presencia de Rasputín en San Petersburgo causaba problemas para todos. La prensa liberal lo utilizaba como excusa para atacar la política del zar y las historias de su libertinaje eran embarazosas para la Iglesia.

Rasputín escuchó y experimentó una irónica simpatía hacia el primer ministro; cuando uno apelaba a su amabilidad, normalmente tenía éxito.

Lo interrumpió finalmente.

- Por favor, no diga más. Me marcharé de San Petersburgo.

Kokovtsov lo miró fijamente, sin poder creer lo que estaba oyendo.


- ¿Lo hará?


- Se lo prometo... deme dos semanas... Pero, antes de irme, hay algo que quisiera decirle.


- ¿Qué?


Kokovtsov lo miró a los ojos y apartó rápidamente la mirada. Rasputín tuvo que aguantarse una ligera sonrisa.


- Usted dice que el país peligra. Creo que no se da cuenta de cuán mala es la situación. Soy un campesino y entiendo el ánimo de la gente. ¿Se ha detenido a pensar que las revoluciones no se hacen realmente por ideas políticas? Se hacen generalmente por comida. Debe haberse percatado de que la mayor parte de la inquietud política de los últimos cincuenta años se ha dado cuando Rusia estaba en guerra. Eso es porque la gente está hambrienta y, cuando está hambrienta, se enfurece. Le diré otra cosa que va mal en el país... los ferrocarriles. ¿Se da usted cuenta de que, si Rusia entra en una guerra, nuestra principal debilidad se encuentra en el sistema ferroviario? ¿Cómo transportar alimentos y tropas con un sistema ferroviario ineficaz?


Kokovtsov contestó:


- Esperamos que no haya guerra. -Yo también. Le diré algo en confianza. Hace dos años, cuando la Duma hablaba de hacerle la guerra a Austria, el zar me pidió consejo. Le dije que una guerra significaría el fin de Rusia. Tal vez me equivoco, pero creo que mis palabras le hicieron pensar. No sé mucho de política pero sé lo suficiente para saber que los alemanes y los austríacos creen que no nos atreveríamos nunca a luchar. Entonces, ¿qué cree usted que ocurrirá la próxima vez que la Duma sufra un acceso de patriotismo y el káiser crea que los diputados no se atreverán a oponerse a él? -Sí, sí, tiene razón. Me... bueno, me temo que espero la llegada de otra persona ahora.

Cuando Rasputín fue, Kokovtsov escribió en su diario "Rasputín es uno de los hombres más repulsivos que he conocido. Estuvo todo el tiempo con sus repugnantes ojillos pegados en mi persona, tratando de hipnotizarme. Dijo también muchas tonterías acerca de la guerra."






Rasputín volvió a su a casa, encontró a Ana Vyrubov y a Munia Golovina allí.

Les contó lo ocurrido con el primer ministro:

- Acabo de salir de casa de Kokovtsov, -ellas se rieron, creyendo que bromeaba-. Lo digo de verdad.

- ¿Lo desterró? -preguntó Munia, riéndose. (No podían imaginar que en poco tiempo el destierro sí sería real, aunque temporal gracias a la Zarina)

- No. Pero acordé desterrarme a mí mismo.

- ¿Lo dice en serio? -inquirió Ana Vyrubov.

- Me iré a Siberia en dos semanas, cuando el emperador vaya a Crimea.

- ¿Por qué no viene a Crimea? -el rostro de Ana se iluminó.

- Porque no me han invitado.

- No quiero decir que vaya con la familia real. Pero conozco una casita muy agradable en Livadia; la alquilaré para usted. Y estará cerca, en caso de que queramos verle...

Rasputín se dejó convencer; la idea de pasar un verano tranquilo en Crimea le pareció estupenda. Unos días más tarde, Ana le llamó por teléfono.

- Ya alquilé la casa. Así que más vale que vaya a Crimea con nosotros.

No tiene sentido que viaje en otro tren.

- ¿Lo sabe el emperador?

- No, pero no le importará.

Ana Vyrubov estaba muy equivocada, en bastantes ocasiones muestra Nicolás abiertamente su antipatía contra el campesino, y en está ocasión se engrosará la lista de ofensas para el Zar.

El día en que salieron rumbo a Crimea, Nicolás se encontraba de muy mal humor y la perspectiva de un viaje largo y caluroso en el tren lo irritaba aún más. Paró a un camarero que pasaba frente a la puerta y le dijo:

- Tráeme una caja de fósforos. - Entonces notó la botella de vino dulce georgiano en la bandeja-. ¿Dónde llevas eso?

- Se lo llevo al staretz... (Así llamaban a Rasputín y que venía a significar hombre Santo)

Ana palideció y estaba tratando de hacer señas al camarero, que parecía perplejo.

- ¿El staretz? ¿Cuál staretz? -Se volvió hacia la emperatriz-. ¿Sabes algo de esto?

La zarina se puso muy colorada y no sabía dónde mirar.

- No.

- Le sugerí que viajara con nosotros... alquiló una casa en Livadia... -explicó Ana.

El zar se volvió hacia el camarero.


- Pídele, por favor, al staretz, que me haga el favor de bajar en la próxima estación.-


Cuando Rasputín se bajó del tren, el Zar se volvió hacia Ana-. Y tú, ¿podrías hacerme el favor de no invitar a nadie al tren sin mi permiso?

Volvió la vista al periódico inglés que estaba leyendo. Ana y la zarina se miraron de soslayo. Las dos no podían estar más rojas y abochornadas.

En Crimea, el mal humor del zar se evaporó gradualmente, pero, cuando vio que la zarina escribía una carta a Rasputín, le dijo con frialdad:

- Me gustaría que la hicieras corta. Mi ministro del Interior sigue tratando de recuperar las cartas robadas por ese Iliodor. Cosas como ésta causan muchísimo embarazo... 



Ni él ni la zarina sabían que ya se habían recuperado y que se hallaban en posesión de la madre de Nicolás, la emperatriz viuda. Gracias a las cuales, darán apoyo para desterrar a Rasputín o, al menos, intentarlo como leímos en el capítulo de la semana anterior.




La familia imperial



Comienzo de la caída y escándalos:





Cuando la Zarina se entera del destierro por la carta de Rasputín monta en cólera y manda hacerlo volver de inmediato, el resultado es la caída tanto de Kokovtsov como de Stolpyn.

Para la Emperatriz, Grigori es fundamental para su existencia y necesita como el respirar que el campesino se encuentre cerca suya para guiarla espiritualmente y curar al pequeño Alexei siempre que lo necesite, en una de sus cartas a Rasputín, Alejandra relata:

Estoy tranquila y en paz con mi alma, puedo descansar sólo cuando tú, maestro, estás sentado a mi lado y beso tus manos y apoyo mi cabeza en tus benditos hombres. ¡Oh, qué fácil me resulta todo entonces!


Todo este agradecimiento y paz se debe a la sencilla razón de que cada vez que Alexei tiene fiebre y está gravemente enfermo por alguna caída o arañazo, Rasputín ya sea rezando en su cuarto o de "forma telepática" a distancia, consigue milagrosamente que al día siguiente el pequeño mejore, la hemorragia cese y la fiebre desaparezca.




Son conocidas por muchos, las prácticas a las que Rasputín está acostumbrado para purificar a sus seguidoras, a esto se le suma los rumores mencionados anteriormente sobre las Grandes Duquesas, y además hay acusaciones directas contra el monje de violación a una joven en los baños. La Zarina por supuesto, no cree nada, pero lo cierto es que Nicolás comienza a estar harto de que día tras día su gente cercana no paren de advertirle sobre Rasputín.








Continuará...





Bibliografía:



Santos Bosch: Rasputín
Ediciones G.P. Barcelona 1936.


Colin Wilson: El mago de Siberia.
Editorial Planeta, S.A... 1990.


Imágenes procedentes de: wikipedia.org


jueves, 23 de junio de 2011

Rasputín y los Romanov 6º Parte












Anna Vyrubov, Rasputín y otra dama, posiblemente Olga Lojtin





Destierros:



Comentaré los destierros que hubo después de la conversación de la Emperatriz María con Kokovtsov. Primero contaré lo que sucedió con Rasputín y después diferentes versiones de lo que ocurrió con sus antiguos "amigos" que le ayudaron a acercarse a la familia imperial en sus inicios (hablamos de Hermógenes e Iliodor).

Al día siguiente, por la mañana, Rasputín recibió una llamada telefónica en la que se le solicitaba que fuese al despacho de Stolpyn (aquel que había ayudado antaño). Por el tono de voz del secretario, era obvio que no se trataba de una invitación amistosa.

Rasputín fue al edificio de gobierno. El mismo secretario que conoció cinco años antes le hizo entrar en el despacho del primer ministro. Stolpyn con un tono oficial y cortante, dijo:

- No le pediré que se siente. No tardaré ni un minuto. Tengo aquí... -dio un golpecito a un papel que se encontraba sobre su escritorio-, un informe de Lukianov, procurador del Santo Sínodo, que prueba, más allá de cualquier duda, que es usted miembro de los khlysty.

- Eso no es cierto, -contestó quedamente Rasputín.

- ¿Niega usted, pues, haber tenido contacto con los khlysty?

- Claro que no. Durante mis viajes, he tenido contacto con la mayoría de las sectas rusas. Pero no soy miembro de ellas.

A Stolpyn, los ojos de Rasputín no le gustaron, se sentía más bien incomodo. Recordó los relatos que había oído sobre el poder hipnótico de Rasputín, olvidando que él mismo los había iniciado, y decidió poner fin a la entrevista.

- Las pruebas que tengo aquí me permitirían procesarlo por pertenecer a una secta prohibida. Pero prefiero evitar el escándalo. Espero que se haya usted marchado de San Petersburgo mañana y que se mantenga alejado al menos seis meses. Si regresa antes, lo haré arrestar, - dijo con voz fría, jugueteando con un sello de goma para evitar la mirada de Rasputín-.

- Ahora, lárguese. Y no se moleste en ir a lloriquearle al emperador. Ya tiene conocimiento de esto.



Esto no era cierto, la familia imperial, con excepción de la madre de Nicolás, no sabían de la orden de destierro. Rasputín se enteró con detalles de la conversación mantenida por la Emperatriz María y el Primer Ministro y pensó que Kokovtsov fue el responsable y se lo comunicó por carta a la Zarina, aunque lo cierto es que fue Stolpyn el que tramó y comunicó el destierro, harto de las influencias de Rasputín en los zares y los espeluznantes rumores que circulaban acerca de las Grandes Duquesas.


Rasputín se encontraba desconcertado. Su mujer le había escrito desde Pokrovskoé, hablándole de unos misteriosos inquisidores que habían preguntado sobre las creencias religiosas de su esposo.
También se lo había mencionado su antiguo discípulo, el monje Bernabé que, gracias a la influencia de Rasputín, era el nuevo obispo de Tobolsk. Y su padre, que había venido a verle en San Petersburgo, le habló de unos comentarios hostiles que hizo su antiguo enemigo, el padre Piotr, en el curso de un sermón, en el que mencionó los falsos profetas cuya caída sería tan espectacular como su ascenso.


Si realmente Nicolás se había vuelto contra él, no tenía a quién solicitar su regreso. Pero esto no le preocupaba en demasía. Con el paso de los años, su respeto por el monarca había ido disminuyendo constantemente y, una vez, le dijo a Simanovich que el zar era "un hombre vacío", Anna Vyrubov le había comentado que aunque normalmente el Zar era pacífico, podía transformarse en un monstruo cruel.

Además, Rasputín decía que estaba harto de San Petersburgo. Hacía tiempo ya que anhelaba la vida al aire libre, en los caminos, las veladas tranquilas en las habitaciones de invitados en monasterios o en las cocinas de los campesinos como en sus inicios (o eso contó a su hija María).


Así que, ahora que había llegado el momento, Rasputín se sentía alegre y aliviado. Escribió una carta a la zarina, explicándole lo ocurrido. Hizo arreglos para que María y Varvara se quedaran en Kíev, en casa de los Katkoff. Después, con unos pocos enseres personales guardados en un costal, emprendió un peregrinaje a Tierra Santa. La zarina estaba deshecha en lágrimas. Nunca se había tambaleado su confianza en Rasputín.

Vio en este destierro un ataque a su persona, un intento por minar su seguridad. ¿Qué ocurriría si el zarévich se caía y se hería mientras Rasputín se hallaba fuera? Escribió a Rasputín una larga y desolada carta, que éste recibió al llegar a Kíev. Contestó inmediatamente, diciéndole que no se preocupara, que estaba seguro de que el chico seguiría sano. Prometió también escribirle desde todos los monasterios que encontrara en el camino. Mantuvo su promesa. Unas semanas más tarde, la zarina recibió una carta de Estambul:

"¿Cómo narrarle la gran calma? Tan pronto como salí de Odessa en el mar Negro, hubo calma en el mar y mi alma se fundió con el mar y durmió tranquila.
Como el mar apacible, así el poder ilimitado del alma..."

Rasputín le comunicó que recuperado su paz interior y sus palabras, garabateadas en pedazos de papel con su letra de analfabeto, dieron a la zarina una confianza serena y total. Cuatro meses más tarde, cuando Rasputín regresó de Tierra Santa a Pokrovskoé, la propia zarina reconoció que tal vez no fuese acertado que regresara a San Petersburgo. Pero le escribía casi a diario, cartas largas e íntimas que contenían frases como:

"Beso sus benditas manos" y "Le amaré para siempre".

Un policía que logró leer una de las cartas informó que todo parecía indicar que Rasputín era el amante de la zarina.

El resultado fue que cuando Nicolás se enteró del destierro de Rasputín por la carta de éste a la Zarina, despidió a Kokovtsov pensado que éste era el responsable. Muchos dicen que fue una venganza de Rasputín por la conversación que tuvieron María y el Primer Ministro.

A partir de esto si la influencia anterior era grande, dando cargos religiosos a los amigos más cercanos, Rasputín podía proporcionar ahora cargos públicos a sus familiares, amigos y seguidores, lo que alarmó a muchos.













El monasterio de Cronstadt contra Rasputín:





Los monjes que antaño habían confiado y admirado a Rasputín, ahora le odiaban y le veían como una amenaza, llegó un punto en el que hartos, le mandaron una citación, Rasputín acudió.

En el momento en que entró en la estancia, Rasputín se dio cuenta de que lo iban a juzgar. Hermógenes estaba sentado detrás de una gran mesa de caoba. Iliodor, cerca de la ventana. Estaban también presentes Mitia Koliabin, el "profeta idiota" que fue una vez el asesor preferido de la zarina, y dos fornidos cosacos para mantener el orden en caso de "altercados". El obispo, un hombre corpulento cuyo peso había aumentado considerablemente desde que Rasputín lo vio por primera vez, se levantó y miró al campesino de frente.

- Grígori Efimovich, te he pedido que vinieras aquí para responder a unas graves acusaciones.

Leyó entonces un documento muy similar al que Lukianov había entregado a Stolpyn (éste pocos días después desterraría a Rasputín como comenté más arriba). En él se acusaba a Rasputín de ser miembro de los khlysty, de "corromper y contaminar" a varias mujeres, incluyendo a Elena Katkoff, Sofía Dobrovolski y Olga Lojtin. Rasputín escuchó en silencio como si no estuvieran hablando de él.
Las acusaciones le parecieron absurdas. Al terminar, Hermógenes le preguntó:

- ¿Es cierto todo esto?

Rasputín contestó contundente.

- Algo de ello, sí... tal vez una cuarta parte. La mayoría consiste en exageraciones y mentiras.

Hermógenes se puso rojo de ira y tuvo dificultades para hablar.

-Aunque sólo una cuarta parte sea cierta... es usted una deshonra y una desilusión.

Grigori se enfadó.

- Discúlpeme, eminencia, pero podría ser un error escuchar las mentiras de gente que es demasiado cobarde para enfrentarse directamente conmigo.

Iliodor gritó, furioso:

-Me estoy enfrentando a ti.

- En ese caso, tal vez podrías decirme por qué te has molestado en inventar todas estas tonterías. -¡Acabas de reconocer que no son tonterías! - Rasputín estaba indignado.


Hasta entonces, se había defendido con competencia. Ahora, deseaba decirle a Hermógenes que Iliodor era un mojigato y un fanático, que supuestamente había agredido a Olga Lojtin (también escrito) Loktin tiempo atrás porque está se le había declarado y que sus acusaciones se basaban en la envidia (por todas las seguidoras, fama e influencias que poseía); pero le faltaba habilidad para expresar todo aquello en palabras.

La entrevista se convirtió en una competición de gritos.

Hermógenes vociferó:

- ¡Callaos! 

Rasputín le gritó a su vez:

- Merezco que se me escuche.

Al oír eso, Mitia Koliabin se abalanzó sobre él y lo golpeó con los muñones de sus brazos. Los dos cosacos se lo quitaron de encima.

Hermógenes dejó su lugar detrás de la mesa y rugió:


- ¡Por el poder que me ha conferido la Santa Iglesia, te declaro excomulgado!

Rasputín le contestó a plena voz:

- ¡Cállate, viejo imbécil! Guarda tus estúpidas maldiciones para ti.

Mitia Koliabin se liberó y atacó a Rasputín a puntapiés, gorjeando incomprensiblemente. Rugiendo iracundo, Rasputín le golpeó con ambas manos. Koliabin cayó de espaldas, sobre el obispo que, a su vez, cayó sobre la mesa. Iliodor, al sospechar que sería el siguiente, se escondió detrás de las cortinas. Los dos cosacos intentaron agarrar a Rasputín que, creyendo que todos en la sala estaban a punto de atacarlo, cogió un pesado crucifijo en un rincón y lo blandió por encima de la cabeza como su fuera una espada. Todos respiraban pesadamente. Entonces, al ver que nadie intentaba atacarlo Rasputín gritó:

- Si me amenazáis, yo os amenazaré.

No era una despedida muy impresionante, pero funcionó y lo cierto es que ninguno de los asistentes tenía idea de lo que se les venía encima. 

Abrió la puerta de golpe y sintió un sombrío regocijo cuando el padre Sergio cayó desplomado dentro de la habitación.

A la hora del té, esa tarde, Rasputín llegó al palacio de Invierno.

- ¡Dios mío, Grigori! ¿Has estado en una pelea?- exclamó Alejandra.

Un ojo de Rasputín se estaba hinchando y había desaparecido un mechón de su barba.
La zarina se levantó de un salto y gritó:

- ¿Qué ha ocurrido?

Tranquila y sosegadamente, pues había tenido tiempo de pensar con claridad, Rasputín les contó lo sucedido. El asunto de Olga Lojtin era un punto de partida perfecto y, al relatarlo, vio que ellos lo malinterpretaban, que creían que Iliodor había atacado sexualmente a la señora Lojtin (cuando prácticamente fue al contrario y recordemos como trató Rasputín a madre de familia en sus inicios).

La zarina no dejaba de interrumpirle y luego se deshizo en lágrimas. Cuando hubo terminado, el zar señaló:

- Mmmm. Bueno, hasta donde puedo ver, este Iliodor parece ser la causa del problema...

La zarina lo interrumpió.

-¡Trató de atacar a esta mujer y luego de culpar a Grigori!

El zar colocó una mano sobre el hombro de Rasputín.

- Botkin se encuentra arriba. Ve a verlo y dile que te ponga algo en el ojo. Mientras tanto, deja esto en mis manos...

Al día siguiente, por la mañana, el secretario privado del zar fue al monasterio de Cronstadt y pidió ver al obispo Hermógenes. Le dijeron que el obispo se hallaba en cama, enfermo, pero él insistió en verlo. En la habitación de Hermógenes, que había padecido un ligero ataque cardíaco por la disputa del día anterior, leyó en voz alta la orden imperial de destierro. Hermógenes debía ir al monasterio de Zhirovestki e Iliodor a uno en Siberia. Hermógenes, que había palidecido, indicó:

- Tengo derecho a que me juzgue un tribunal de obispos.

- El emperador ha anulado ese derecho.

Hermógenes agachó la cabeza.

A Iliodor no lo encontraron en ningún sitio. Estaba ya camino de regreso a Zaritsyn. Al llegar allí, le comunicaron la orden de su destierro. Su reacción fue histérica. Escribió una larga y violenta carta al Santo Sínodo, denunciando a Rasputín como un hombre libertino y malévolo, acusándolo de ser el amante de la zarina por las cartas que había interceptado en sus años de antigua amistad con él.

Era un documento tan "subido de tono" que el Sínodo ordenó que lo arrestaran. Lo condujeron a un monasterio cerca de San Petersburgo, en espera de un juicio. Allí, la rabia y la desilusión parecían haberlo arrastrado al borde de la locura. Reveló que había hecho copias de varias cartas de la zarina a Rasputín, cartas con frases como "Le amaré siempre", y las envió al Sínodo y a varios periódicos. El Sínodo decidió evitar el escándalo de un juicio y lo obligó a colgar los hábitos. Lo dejaron marcharse del monasterio. Iliodor huyó a Noruega, empezó a escribir un libro denunciando a Rasputín y tramó una revolución para derrocar al zar. El triunfo de Rasputín no podía ser más completo. Aunque lo que no sabía éste es que la venganza de Iliodor todavía no había llegado...

Con éstas muestras nos hacemos una idea de cómo se las gasta Rasputín para hacer que ocurra lo que ocurra, la familia imperial esté de su parte y bajo su influencia.












Continuará...






Bibliografía:






Santos Bosch: Rasputín
Ediciones G.P. Barcelona 1936.




Colin Wilson: El mago de Siberia.
Editorial Planeta, S.A... 1990.




Imágenes procedentes de: wikipedia.org

jueves, 16 de junio de 2011

Rasputín y los Romanov 5º Parte




Otros milagros:





Son muchos milagros los que se le atribuyen a Rasputín, la mayoría asociados a la hipnosis o el chacra, sin embargo, hay algunos milagros "curiosos" que merecen la pena ser mencionados.


Su poder de curación parecía aumentar conforme más gente curaba. Uno de sus éxitos más notables tuvo lugar con la princesa Irina Tatischclev, pariente de la princesa Militza, que asistía a menudo a las veladas de ésta. La princesa era una mujer dulce y agradable de poco más de cuarenta años, pero un enorme bocio la desfiguraba, dándole el aspecto de una rana deforme.


Como resultado, sólo los invitados más amables o más insignificantes le prestaban atención. A menos de una semana del regreso de Rasputín, la princesa tragó una gamba al tratar de seguir una conversación y casi se ahoga. La llevaron a una habitación. Cuando le contaron esto a Rasputín, fue a verla.


Estaba sola, con un viejo sirviente haciendo guardia. Era evidente que sufría y le lloraba tanto que apenas veía quién estaba al lado de su cama. Rasputín le habló para tranquilizarla y colocó ambas manos suavemente a ambos lados de su garganta. La princesa continuó ahogándose un rato más y, de pronto, suspiró largamente y cerró los ojos. Unos minutos más tarde, dormía.


Rasputín regresó a la fiesta, donde conversó con una francesa que estaba convencida de haber sido amante de Napoleón en una vida anterior. En las siguientes semanas, el bocio disminuyó cada día de forma notable...
Cada vez que Rasputín veía a la princesa, lo tocaba suavemente con la punta de los dedos. En la segunda semana de febrero, se había desvanecido por completo. El cambio fue increíble. Esta mujer, antes desfigurada y repulsiva, ahora se mostraba bella y atractiva.

La natural bondad de sus ojos y la dulzura de su sonrisa eran evidentes, ahora que el gran saco de carne se había desvanecido. Al cabo de seis meses, se casó con un brillante abogado, unos años menor que ella, llamado Vladimir Kolchac, y el matrimonio fue muy feliz. Grigori se sintió muy satisfecho al darse cuenta de que él había sido la causa de la dicha de esta encantadora y afable mujer y estuvo encantado cuando le pidieron que fuese padrino de su primer hijo.






Las Grandes Duquesas Olga, Tatiana y a la derecha Anna Vyrubova



Otro de los milagros que también fue muy comentado, es uno que tiene como protagonista a una de sus mayores fans, Anna Vyrubov. El 15 de enero de 1915 el tren en el que viajaba la mejor amiga de la zarina dirección desde Tsárskoie Seló a San Petersburgo, sufrió un terrible accidente, descarriló y Anna quedó sepultada por un amasijo de hierros, sus piernas estaban completamente destrozadas y tardaron mucho tiempo en poder sacarla de aquel infierno, cuando lo consiguieron había perdido muchísima sangre y los médicos dijeron que no sobreviviría más de unas horas. La zarina, que no puede creer en tan terrible noticia, llama inmediatamente a Rasputín.

Grigori llega a las pocas horas gritando ¡Anushka, Anushka!, la enferma abre levemente los ojos y al ver a Rasputín a su lado le susurra que rece por ella. Durante unos minutos Anna no reacciona. A partir de este punto hay dos versiones, la de los testigos, y la de Rasputín.

La de los testigos indica que al más puro estilo de algunos relatos de la biblia sobre Jesús, Rasputín grita a Anna ¡Levántate y anda! Anna se incorpora y al instante se desploma inconsciente. Rasputín se da la vuelta e indica con calma a la zarina: Se recuperará, pero quedará inválida.

La versión que Rasputín cuenta a su hija María no es tan espectacular, solo comenta que rezó durante horas cogiendo la mano de Anna, y que Dios le reveló que viviría pero que no podría volver a caminar.

Este punto no queda del todo claro porque si bien es cierto que Anna se recuperó y a partir de ese momento usó el resto de su vida silla de ruedas, en algunos libros indican que podía andar coja aún después del accidente.









Anna después del accidente, junto con la Gran Duquesa Olga.






Habladurías y rumores:





Cuando los zares ven que Rasputín es el único de curar a su hijo y aliviarle esos terribles dolores que le produce la hemofilia les invade la fe, confían ciegamente en el campesino, y empiezan a pedirle consejo hasta para los asuntos de estado, la nobles rusos pronto se dan cuenta de la influencia de Rasputín y lo ven como una amenaza, a menudo los periódicos rusos publican caricaturas muy críticas sobre él, con los zares en sus brazos a modo de marionetas.









Mofa de Rasputín y los zares publicada en la prensa rusa alrededor de 1913









También se dice que en uno de sus ritos, Rasputín salió a la calle sin ropa y que fue fotografiado y publicado en otro diario ruso.

Se le comunica a la familia imperial de múltiples formas y por diferentes informadores de las fastuosas juergas de su querido amigo, pero ellos hacen caso omiso, y si es uno de los sirvientes tiene queja del monje, es despedido inmediatamente.

La única que parece escuchar es la madre de Nicolás, María, que se alarma en cuanto se entera en una entrevista con el Primer Ministro, Vladimir Kokovtsov de todo lo que ocurre en el palacio.

La entrevista ocurrió así:

- Decidme Vladimiro - exclamó la Emperatriz María - ¿Cuáles son los repugnantes rumores que circulan en la sociedad y en la prensa, relativos a un campesino siberiano llamado Rasputín? Me duele ver el nombre de mi hijo y de mi nuera mezclados en este asunto. Como Primer Ministro debéis estar informado de todo ello.

Kokovtsov se mantuvo en un embarazoso silencio. Era difícil explicar ciertas cosas que no favorecían en absoluto a la familia imperial, al final habló.

- Vuestra majestad sabe- dijo- que el campesino Rasputín fue introducido en palacio por los elementos principales de la iglesia ortodoxa, con el fin de complacer al zar...

- Yo no sé nada, Kokovtsov - interrumpió la emperatriz María - Ya sabéis que vivo, como todos, apartada del palacio, Alejandra y mi hijo llevan una vida solitaria en Tsárskoie Selo. Nada bueno puede resultar para Rusia de todo esto.

Kokovtsov se vio obligado a contar la historia de Rasputín desde sus inicios.

- Nada sé- dijo- de la juventud del campesino. Tan solo que procede de Pokróvskoie, población situada en el distrito de Tobolsk. Desde joven destacó por su extraordinaria devoción religiosa, que le movió a abandonar su familia para recorrer distintos Conventos y Monasterios de aquellas tierras de Siberia.
Se cuenta que su fama se extendió con motivo de ciertas curas milagrosas realizadas por su presencia. Nada hemos podido averiguar con certeza; su vida es confusa hasta su llegada a San Petersburgo, en cuyo seminario conoció a Teófano, que apreció sus extraordinarias cualidades. Teófano le presentó al Abate Hermógenes, que, como Vuestra Majestad ya sabe, se encargó durante cierto tiempo de introducir a escogidos santones y "Yurodivis" a presencia de sus Majestades Imperiales. Hermógenes vio en él la encarnación de la sabiduría popular de los campesinos, y comprendió que sería del agrado del Zar.

- ¿Y con respecto al escándalo aparecido en la prensa? - preguntó la emperatriz María - ¿Qué sabéis de ello?

- Parece ser - contestó Kokovtsov - que Rasputín disputó violentamente con su antiguo protector, el Abate Hermógenes. Este le reprochaba la excesiva autoridad que había logrado sobre los zares, en perjuicio propio. Se exaltaron en la discusión y llegaron a las manos. Rasputín lanzó salvajes juramentos siberianos, a lo que Hermógenes contestó recurriendo abundantemente al vocabulario de la comarca del Volga. Un obispo y varios Monjes asistían a la disputa. La prensa se ha aprovechado ampliamente de este asunto.

- ¿Y el Zar? ¿Qué dice el Zar? - preguntó preocupada la emperatriz.

- El zar nada dice. Parece ser que condenó horrorizado la conducta de Hermógenes. Este Abate, el Obispo que asistió a la discusión y varios religiosos más han sido desterrados. Rasputín se vanagloria ahora de la firmeza de sus relaciones con la corte imperial.

- Es una vergüenza Kokovtsov - dijo la ex Reina - El imperio de Rusia no puede caer en manos de un campesino sin conciencia.

- No es eso todo, Majestad. Hay ciertas personas que poseen cartas dirigidas por Rasputín a la Zarina y a sus hijas. Parece ser que en dichas cartas hay palabras comprometedoras para su Majestad y para sus Altezas Imperiales.

- ¡Qué vergüenza! - dijo, llorando amargamente - ¡La pobre, la desdichada Alejandra no comprende que está desprestigiando la dinastía, y ella misma se pierde en manos de un aventurero cualquiera!







Icono de Rasputín, creado por orden de Alejandra, que lo consideraba un auténtico Santo









Icono de Rasputín con Alexei





Continuará...


 

Bibliografía:






Santos Bosch: Rasputín
Ediciones G.P. Barcelona 1936.



Colin Wilson: El mago de Siberia.
Editorial Planeta, S.A... 1990.




Imágenes procedentes de: wikipedia.org